Solas las tres, abuela, hija y nieta; los hombres de la casa habían salido y volvían tarde. Parecía que el fin de semana concluía con mucha tranquilidad cuando advirtieron que los hijos de la vecina estaban tomando y fumando, festejando vaya a saber qué cosa, y que siempre que esto sucedía, el fin de fiesta terminaba en tragedia, casi al estilo de los griegos, con intentos de fratricidio o parricidio, entonces la abuela comenzó a preocuparse. De repente, se escuchan gritos de la vecina hacia sus hijos-esa vecina que una vez por semana le limpia la casa a la abuela, que cada tanto cuida a la nieta y que vio crecer a la hija como a su propia hija- pidiendo: ¡por favor, es tu hermano, por favor, no dispares! Silencio, tiros, llantos. La abuela sale desesperada, el peor final había sucedido.
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